Sin pan y sin trabajo S XXI

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Esta escultura es la tercera y última de la serie “Tejedoras” que desarrollo desde el 2016. La serie cuenta una historia, la de una mujer embarazada, el nacimiento, y destino del niño… Inspirada en mi maternidad, sublime pero aterradora, agridulce, atravesada por la felicidad, pero también por la realidad social, el temor abrumador de traer un hijo a un mundo complejo…que desembocó en una profunda depresión posparto.

La primera obra de la serie, titulada “Tejiendo al Hijo”, (1° premio Salón Nacional Artes Visuales 2017 en disciplina Textil) era una escultura de una mujer sentada, tejiendo a su hijo con agujas de tejer y un ovillo de lana. El hilo se enroscaba en las agujas y entraba por el ombligo al vientre de la mujer, formando un cordón umbilical que conectaba al feto. Ella tejía a su hijo.

La segunda obra “Canal de Parto” mostraba la secuencia del nacimiento del bebe. En tres pasos, sugiriendo el movimiento, la cabeza del niño irrumpía rompiendo silenciosamente la matriz. La madre desaparecía, reducida al útero/crisálida. El protagonismo era del bebe. Una madeja de lana roja cayendo desordenada, simbolizaba el derrame de sangre, la placenta. El niño/oruga irrumpía en el espacio, hacia el vacío cargado de interrogantes…

La tercera obra, “Sin Pan y sin Trabajo. S. XXI” corresponde al desenlace. La historia no tiene un final feliz. El bebe, ya un niño, termina en la calle, pidiendo limosna junto a su madre. No consiguió ingresar al sistema. El gran dilema de la existencia humana se resume en lograr formar parte de una comunidad, en estar adentro o afuera. El peor drama es la exclusión de la manada. Las estadísticas son concluyentes: un 10 % de la población mundial es indigente…

A la hora de proyectar esta escultura, creo que proyecté mis propios temores más profundos. Para realizar los bocetos preliminares, los modelos fuimos mi hijo y yo: nos colocamos en el living comedor de mi casa imitando las posturas de personas indigentes que frecuentemente vemos en la calle. Mi marido tomó las fotografías. Estábamos en nuestra casa (es decir, en la que alquilamos) y en pijama, o sea, en un contexto de seguridad y confort, pero aún así, al colocarnos en esas posturas, debo confesar que me invadió una angustia indecible. Es increíble cómo nos habla el cuerpo, si lo sabemos escuchar. Al yacer en esa posición, sobre el piso, experimenté (en un grado ínfimo) una vivencia aterradora. Y digo en un grado ínfimo, porque lo mío era solamente una puesta en escena. En mi casa. No tuve el coraje de repetirla en la calle, como había sido mi plan original (aún no se había declarado la cuarentena).