20 Años que dejo de latir

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Julio de 2000.

En ese momento yo tenía sólo 21 años, era una alegre estudiante del interior descubriendo las bondades y asperezas de Buenos Aires y vivía la vida despreocupada de una adolescente. Días después me llamó por teléfono mi madre desde Corrientes, tal como solía hacer periódicamente. Durante esa charla me comentó que mi abuela estaba muy desmejorada y sensible. Me contó que la madrugada del domingo la había encontrado sollozando mientras sostenía el diario en sus manos. Acababa de leer la noticia de la muerte de Favaloro y se había quebrado. Fue al escuchar el relato de mamá que empecé a dimensionar la magnitud de la tragedia y el valor de una figura como Favaloro. El hombre cuya muerte había hecho llorar así a mi abuela.

Luego los hechos del 2001 me hicieron comprender mejor los motivos que pudieron empujar a Favaloro a terminar con su vida. Fueron una cachetada de la realidad en pleno rostro. Sin anestesia.

Durante los años que siguieron, cada vez que contrastaba en mi interior el país que tengo con el país que quisiera tener, el rostro de Favaloro se me presentaba como un referente ético, y una voz de denuncia, un recordatorio del riesgo que implica soñar en grande y necesitar apoyo del Estado.

Paradójicamente, el año del vigésimo aniversario de la muerte del doctor fue también el año de la pandemia. En plena cuarentena y acuciada por la emergencia sanitaria la figura de Favaloro me interpeló más que nunca y decidí rendirle homenaje realizando su retrato en alambre.

La elección de esta técnica para retratarlo no es casual. Imagino que, en sus últimas semanas, el doctor Favaloro se habrá sentido invisible, habrá sentido que la gente no percibía su desesperación, no escuchaba su grito de auxilio, no respondía sus cartas. De la misma manera ocurre con su retrato: el gris de los alambres y los espacios vacíos hace que a veces pase desapercibido. Como si fuera un poco invisible. Está, pero muchos no lo ven.